Capítulo I
La manada del Tallar
El amanecer se había asomado mucho antes al umbral de la lobera, pero la loba aún estaba por volver. El lobezno tenía hambre y fue el primero en sentirla a la entrada del cubil. Rebulló entre sus hermanos de camada y avanzó a tropezones, buscando la salida. Hacía menos de media luna que había abierto los ojos y poco más de una entera que había nacido. Era el menos renegrido y el más pequeño de los seis. Quedó relegado a la peor tetilla, y mientras que los otros se saciaban de leche, él tuvo la justa para ir tirando. Sus hermanos crecieron más y ahora era también él, una vez destetados, quien casi siempre menos alcanzaba a comer de lo que sus progenitores traían en sus estómagos para regurgitarlo en la puerta de la madriguera.
La loba no los había dejado durante el tiempo en que les dio de mamar. Únicamente algunas pequeñas salidas hasta la fuente y el regato de agua, justo bajo el cubil, y alguna mínima excursión siempre con la boca de la lobera a la vista. El lobo macho se encargaba cada día de traerle a la loba su sustento y a veces no lo hacía solo, sino acompañado de algunos miembros de la manada, lobos jóvenes del año anterior en su mayoría. Pero, excepto el macho, ninguno osaba siquiera intentar entrar donde estaban los cachorros. Ahora que éstos, ya con los oídos y los ojos abiertos y con las orejillas —amusgadas al nacer— empezando a envelar, habían comenzado a comer, las visitas eran más frecuentes y la madre los dejaba solos y partía a cazar en compañía del macho. Lo hizo por vez primera hacía un par de noches y la pasada había vuelto a salir. Hoy, mucho después de amanecer, que era cuando aparecía en la entrada del cubil, aún no había vuelto. El pequeño cachorro, que apenas había alcanzado bocado la vez anterior, sentía las punzadas del hambre en el estómago, se había incorporado del montón de pelo que hacía con sus hermanos y, tambaleándose sobre sus todavía débiles patas, se había dirigido a la puerta de la madriguera presto a ser, esta vez, el primero en alcanzar la comida. Había llegado a boca misma de la lobera cuando percibió a su madre fuera.
Pero la loba no venía a darle de comer. Entró rápida y al tropezárselo, casi en la entrada, lo cogió apresuradamente pero con extremo cuidado de la piel del pescuezo, lo levantó en vilo y salió a la luz con el cachorro colgando de sus fauces. El animalillo, suspendido en el aire, se inmovilizó. La luz cegadora le hizo cerrar sus débiles ojillos. La claridad repentina le produjo una conmoción en todo su sistema nervioso, pero no hizo movimiento alguno. Sabía que debía estarse todo lo quieto que pudiera. Oía el resuello contenido de su madre y su inquisitivo olfatear de un olor que él mismo, a pesar de su corta edad, también alcanzó a distinguir. Eran en realidad dos los olores que llegaban por primera vez a su olfato junto a la cegadora luz del sol alto de la primavera. Eran dos olores que aparecían unidos y así iban a estar para siempre en su recuerdo y en su futuro. El de una criatura y su sudor y el de algo acre y dañino que penetraba en los pulmones y que iba a acompañar siempre al primero. El hombre y el humo. La loba sí sabía lo que ambos significaban y por qué a ambos temía. Hacia su lobera subía el hombre con el fuego en la mano. Y ella debía escapar cuanto antes y poner a salvo a sus cachorros.
La vieja loba parda, la hembra dominante de su manada, había sentido a los humanos poco después de clarear el día, tras la cacería nocturna y cuando acudía a alimentar a sus crías. Volvía con el macho, el líder de la lobada, su compañero, mientras que el resto de la pequeña manada se había desperdigado en busca de sus encames. La pareja de lobos vio a la fila de hombres que venía desde Tari.
Los lobos estaban regresando por la «cuerda» del Tallar tras haber cazado en los bosquetes de chaparros y encinas de los «llanos en alto», donde en esta época abundaban las presas fáciles: recentales de corzos, gamos, muflones y ciervos. La elevada planicie, poblada de vegetación arbórea de no excesivo porte y abundante matorral, se desplomaba a sus costados en dos laderas que iban descendiendo hacia profundos valles sombreados por grandes robledales, que configuraban un bosque tupido, aunque mucho más transitable por abajo y por donde las diferentes pistas de los ungulados daban cuenta de la abundancia de su fauna.
Por uno de los costados, el encarado más hacia el sur, la caída era abrupta y pronunciada, la montaña descendía casi verticalmente a un estrecho y hundido valle que, sin apenas respiro, iniciaba de inmediato otra pronunciada cuesta hasta remontar a otro «llano en alto», que configuraba todo aquel paisaje, de igual altitud y al que la vista alcanzaba con facilidad, pero al que suponía un indudable esfuerzo acceder.
Por el norte, sin embargo, la caída era mucho más tendida y suave. La costera, en la que se abrían multitud de manantiales y fuentes que daban origen a regatos de regular porte, descendía entreverada de oteros, montecillos y pequeñas cárcavas, hasta abrirse blandamente hacia un gran valle, éste mucho más ancho y amplio, al fondo del cual se presentía, por la serpiente de altos y estilizados árboles, un río. Más allá se extendía una inmensa llanura, una alomada estepa cuyo horizonte se cerraba en una gran cadena de montañas que unas veces azuleaba en la lejanía y otras, como en esta ocasión, resplandecía blanca de nieve.
El valle hundido y el río junto a las tierras adyacentes de la estepa marcaban los límites del territorio de caza de la manada que se completaban con las puertas de entrada y de salida al valle grande, entre sendos picos redondeados, a modo de muelas desgastadas, del cauce fluvial, hacia el que, bajando de los montes, corrían multitud de arroyos y regueras, haciendo del lugar un enclave privilegiado para todo tipo de herbívoros. Aquél era el territorio de la manada de lobos del Tallar. Pero también era el territorio de caza de los hombres de Tari.
La loba los vio avanzar hacia ella por el robledal de Narejos. Los hombres venían en fila, tal y como acostumbran los humanos a caminar cuando se dirigen rápidamente hacia algún lugar determinado. Su rumbo marcaba inequívocamente hacia la fuente del Jabalí, y allí era precisamente donde, entre unas grandes piedras de entraña calcárea y porosa, tenía el cubil la loba y donde había parido a sus cachorros.
Ahora los veía subir, como tantas veces, desde aquel afloramiento pétreo, en lo alto del cual humeaba el poblado de Tari, la Roca, por un terreno más despejado por la acción de los propios hombres y su fuego, al borde mismo de los robles y bordeado por dos regueras, la del Chorrillo y la de la Juncada. Desde la cuerda del Tallar los lobos habían vigilado de generación en generación a las generaciones de hombres de Tari. Ambas manadas, la del hombre y la del lobo, llevaban compartiendo desde tiempos inmemoriales aquel espléndido cazadero, lleno de generosas fuentes, cálidas solanas, húmedas umbrías, frescos pastizales y recogidas barrancas por donde la vida se deslizaba, reptaba, gazapeaba o corría en abundancia.
Los dos lobos, macho y hembra, ahora juntos, atalayaban desde el viso del monte intuyendo y temiendo el destino de aquella partida, pero prudentes aguardaban hasta estar seguros del objetivo final de su ruta. Se solaparon entre los grandes robles que faldeaban el Tallar y desde arriba, ocultos, fueron controlando la subida de los hombres. Los vieron llenar sus recipientes para el agua, hechos con vejigas de jabalí, en la fuente del Chorrillo, justo antes de adentrarse en lo espeso del bosque donde los lobos los perdieron de vista, pero no tardaron en reaparecer por el portillo de Rabotacapas manteniendo siempre la misma ruta: rectos hacia el pico del Tallar para, desde allí, siguiendo la misma cuerda que ellos utilizaban, ascender hasta el viso del monte y tener desde aquel emplazamiento dominados los cubiles de la fuente del Jabalí.
Al comprenderlo, los lobos emprendieron un trote ligero hacia el pico. Allí volvieron a agazaparse entre un bosquete de sabinas que crecía muy cerca del alto e inmóviles esperaron lo que presentían como mortal amenaza para sus cachorros. Ahora no veían a los hombres de nuevo, a cubierto bajo el dosel arbóreo del bosque. Pero los oyeron antes de divisarlos otra vez cuando la partida de cazadores brotó al pequeño claro de la fuente de la Parra y el Roble, donde una vid silvestre abrazaba el tronco de un gigantesco árbol y subía entrelazada por sus ramas. El árbol señoreaba un talud poco pronunciado, y justo bajo él manaba el agua y se había abierto un pequeño prado que era muy frecuentado por numerosos herbívoros. Allí, los lobos vieron que los hombres se detenían y en su voz sonora y cantarina hablaban entre ellos. Oyeron los extraños y largos sonidos con que se expresaban y los gestos de las extremidades de arriba con las que aquellos raros seres verticales lanzaban varas que herían y mataban y piedras que golpeaban a distancia con dureza.
Una de las manos de un hombre indicó una dirección y luego señaló otra. La fila se partió en dos. Unos siguieron el camino que llevaban, hacia lo alto del pico. Y los otros giraron hacia naciente, faldeando, hacia el sopié de la fuente del Jabalí. Tendrían así prácticamente rodeada y sin dejar escapes posibles la madriguera del lobo. En el grupo que faldeaba, el lobo detectó a un niño, un cachorro de humano, que los hombres llevaban con ellos, protegido por los demás y caminando en el centro del grupo. Y los lobos olieron algo más. Los hombres llevaban el fuego con ellos. Cada uno tenía en la mano una tea resinosa donde lo harían nacer. Los hombres no sólo querían matar a los cachorros. Querían exterminar con el fuego a la manada entera.
La loba no esperó más. Ahora sí que salió a toda prisa de detrás de la sabina, retranqueándose para evitar ser vista, pero ya con la angustia y la necesidad de llegar al cubil antes que sus enemigos. Los hombres no vieron a la loba. Pero al macho sí.
Éste se descolgó hacia los enemigos que subían y se plantó ante ellos. El hombre que iba delante gritó sobresaltado al verlo emerger amenazante, con los caninos al descubierto, el pelo erizado y gruñendo sordamente. Los retaba. Los hombres se lanzaron contra él levantando sus venablos y el lobo hizo ademán de huir, retrocediendo, solapado, casi andando, apenas esbozando un trote, hacia poniente, en dirección contraria a los cubiles. Alguno quiso iniciar la persecución, pero un grito de otro lo detuvo. Todos se pararon. Los hombres no caían en su trampa. Volvieron a reunirse y de nuevo emprendieron la subida, rectos hacia el viso del monte. El macho había fracasado en su intento de distraerlos y ganar tiempo para su hembra.
Pero lo intentó de nuevo con la fila que entraba por abajo. Volvió raudo sobre sus pasos, persiguió a esta segunda hilera, la sobrepasó subrepticiamente sin ser detectado por los humanos y llegó a una zona de espesos matorrales, zarzas y espinos unos doscientos pasos más abajo de donde se abría la boca del cubil. Su propio paso y el de la hembra habían abierto una pequeña senda hacia él. Y allí, oculto ligeramente por unas grandes aliagas, se agazapó esperando a los hombres, que no tardarían en llegar.
La hembra había alcanzado la madriguera. Veía la hilera de cazadores al pie del monte y olfateaba a los que iban tras sus pasos. Salió con el cachorro en la boca y no dudó un instante. Se escurrió, tapándose entre los matorrales, ladera adelante. Sólo cuando la distancia ya era considerable, se decidió a remontar por un portillo hacia los llanos en alto. Al hacerlo, lo sabía, era cuando su silueta se recortaría contra el cielo y la descubrirían. Y así fue cómo el cachorro humano vio al cachorro de lobo colgando de las fauces de su madre.
El niño gritó señalando al animal que huía. Los hombres también la habían visto y se lanzaron a la carrera.
—¡Se los lleva, se los lleva! —gritaron.
Pero entonces, ante ellos, emergió de repente, salido de la nada, amenazador, y esta vez no iba a amagar sólo. Sin un aviso ni un gruñido, el gran macho saltó desde su escondrijo. Pareció lanzarse de frente, pero justo cuando el hombre que llevaba la delantera levantó su azagaya para defenderse, el lobo se giró bruscamente y se escabulló entre la vegetación, desde donde regruñó cercana y amenazadoramente. Los hombres fueron hacia él, pero el macho aguantó su posición, aunque vio que querían rodearlo. El lobo sabía que aquellos palos en sus manos traían la herida desde lejos. Había visto morir a presas con ellos clavados y había comido de alguna que había escapado de los hombres y la manada había encontrado muerta o muy debilitada y ellos habían rematado y aprovechado. Pero también había visto perecer revolcándose con la muerte en las entrañas a algún compañero en un encontronazo con la manada humana al pretender disputarles animales muertos en la nieve cuando las presas escaseaban en invierno. Todo aquello había marcado su memoria y sabía que debía mantenerse a distancia del animal erguido, aunque en ocasiones también el lobo había comido su carne cuando la manada había encontrado a uno solo, en medio de la ventisca, aislado y enfermo. Aquellas varas puntiagudas y el fuego hacían que el lobo hubiera que ceder casi siempre, y esa impronta estaba marcada en la memoria del gran macho, que, además, ahora estaba solo frente a muchos.
Pero el lobo defendía su cubil, su hembra y su camada. Había visto a la loba poner a salvo al primero de los lobeznos y sabía que tenía que conseguirle tiempo para que pudiera volver a por los otros. Silenció su gruñido y se escabulló entre dos de los hombres que intentaban darle caza, ganándoles la espalda. Fijó su atención en el cachorro humano. Este había quedado a la retaguardia de la partida, y como los hombres avanzaban, se descolgó un poco, permaneciendo separado de ellos. El lobo atacó.
Saltó sobre su espalda buscando clavar sus colmillos en el cuello, cerca de la nuca, pero no consiguió llegar a su carne, porque lo protegió la zamarra de piel con capucha que llevaba. Cayó el muchacho con el animal encima. Éste hizo presa en uno de sus brazos y allí sí logró hacer brotar la sangre. Pero el chillido del cachorro humano hizo girar veloces a los hombres. Llegaron gritando y blandiendo sus armas. Pero no las lanzaron porque el lobo se escudaba en el cuerpo del niño caído. Regruñó cavernosamente, enseñando los clientes en un gesto rabioso, soltó su presa y huyó. Volaron tras él las azagayas, cuando ya pudieron hacerlo sin temor a herir al crío, buscándolo entre la maraña de matorrales. Solo una le alcanzo, apenas un rasponazo, en la espaldilla, que le rasgó la piel y le trajo el dolor. Se clavo levemente, casi no fue más allá del pellejo, sin llegar al hueso, y al golpearse con las matas, se desprendió. El lobo huyó entonces. Hacia el río. Necesitaba revolcarse en el barro y taponarse aquella herida. Los hombres lo buscaron un rato y uno de ellos encontró la azagaya con la punta manchada de sangre.
—El lobo está herido.
—Pero el venablo no se ha clavado.
—Buscadlo, puede estar agazapado.
Lo hicieron revisando cada matorral, mientras dos de ellos atendían al muchacho. El lobo, en esta ocasión, sí había conseguido su objetivo de retrasar su llegada. Y la loba ya volvía. Había dejado al lobezno en un somero refugio, un abrigo mínimo en la base de una roca a no mucha distancia del viso, y regresaba veloz para intentar repetir su rescate en el cubil. Pero al otear desde la cuerda supo que no iba a poder llegar hasta la boca. Los que faldeaban aún estaban muy abajo, pero los que habían seguido por la senda del alto ya le cortaban el camino y algunos estaban tomando posiciones sobre las piedras bajo las cuales se abría la lobera. Los cachorros se encontraban a su merced y la loba ya no podía hacer nada por salvarlos.
Los de arriba gritaban y gesticulaban a los de abajo para que se apresuraran. Estos les contestaron con grandes voces señalándoles al muchacho herido, al que estaban llevando en brazos hacia la fuente para lavarle las dentelladas. Se las limpiaron y comprobaron que el desgarrón en el antebrazo era muy profundo, dejando al descubierto el hueso, aunque éste no parecía estar roto o astillado. Tenía además la cara ensangrentada por los muchos arañazos que había sufrido en la caída y cuando estuvo a merced del lobo. El muchacho se mantenía sereno y no lloraba, aunque el dolor y el escozor cuando le lavaron hicieron que se le saltaran las lágrimas. Pero no profirió ni un gemido mientras lo curaron, espolvoreándole ocre y una pasta hecha con musgo que uno de ellos llevaba en un taleguillo, y le vendaron con unas tiras de cuero muy fino. Los hombres, al ver la entereza y el valor del niño, le sonrieron y consolaron.
Pero ya no iba a poder realizar la misión para la cual lo habían traído con ellos: deslizarse al interior de la madriguera y capturar a los lobeznos.
La loba, mientras, seguía agazapada, oculta en lo alto, espiando ansiosa los movimientos de unos y otros. No veía al macho, aunque presentía que era el culpable de la conmoción en el sopié, junto a la fuente. Tenía impresa la imagen de los otros cinco cachorros en la madriguera, donde se habrían refugiado en lo más profundo al sentir a los humanos. Una fuerza la impelía a correr hacia ellos, pero otro instinto, el de supervivencia, la mantenía inmóvil, con los ojos clavados en sus enemigos, y hacía temblar todo su cuerpo.
Los hombres habían tomado definitivamente las alturas sobre la lobera y la tenían rodeada. Uno de ellos, el más menudo, probó a introducirse en ella y hasta se había arrastrado un poco hacia su interior, pero era demasiado estrecha para su corpulencia y, aunque había estirado todo lo que pudo el brazo, no había logrado llegar hasta donde se encontraban los lobeznos. Se topó asimismo con un recodo de piedra que le impidió alcanzarlos metiendo un palo con horquilla, que fue la maniobra que intentó a continuación y que tampoco consiguió su objetivo.
Frustrados, discutían y gritaban a los de abajo. Finalmente tomaron una decisión. No sabían dónde estaba el lobo macho herido y lo suponían emboscado en la ladera. También podía haber vuelto la loba y andar oculta por los alrededores o incluso hallarse en la zona algún otro lobo más de la manada.
Los que estaban en la lobera parecieron retirarse. La loba se puso tensa, presta a hacer una nueva intentona. Pero pronto comprobó que lo único que hacían era remontar hacia la cuerda y ocupar los pasos y los portillos donde, a intervalos, se apostaron. Mientras, los del sopié, tras dejar al niño al cuidado de un cazador junto a la fuente, se desplegaron hasta formar una gran línea en forma de media luna. Entonces uno hizo brotar el fuego, sacándolo de unas ascuas de un recipiente de corteza de abedul donde lo portaba. Lo avivó y lo alimentó hasta que de la pequeña hoguera prendió su tea, pasándolo a quienes tenía a sus lados, que a su vez hicieron lo propio con los siguientes. Ya cada uno con el fuego ardiendo en sus manos avanzaron sobre la costera extendiéndolo. Batían hacia arriba incendiando el matorral hasta lograr que los diferentes focos se fueran uniendo los unos con los otros y conseguir al fin una barrera uniforme de llamas, que, a favor del viento, comenzó a trepar rápidamente ladera arriba, creando un infranqueable muro de fuego que arrasaba todo cuanto a su paso encontraba. Los cazadores esperaban que si la manada o parte de ella estaba refugiada en los cubiles o en sus cercanías el fuego los obligaría a salir y huir hacia las lanzas de quienes los aguardaban en el viso.
La fila de hombres de abajo, parapetada tras el fuego, gritaba y se afanaba en que el frente de llamas no se quebrara. Los de arriba esperaban acechantes. Desde la distancia la loba vigilaba contemplando cómo el fuego se apoderaba por entero de la ladera y se acercaba a la boca del cubil donde sus cinco lobeznos se ocultaban. El lobo viejo vio cómo las llamas se apoderaban de lo que había sido su más íntimo y protegido territorio, el que tantas veces había marcado y cuyas fronteras los humanos habían traspasado y violado. En el pequeño cobijo donde su madre lo había dejado, el cachorro más pequeño temblaba de frío y miedo.
El fuego llegó a la boca del cubil, ardió a su alrededor, crepitó y lamió su entrada, pero falto de alimento lo buscó cuesta arriba y prosiguió su avance. Ahora consumía insaciable la costera entera, alentado sobre todo por las formaciones de aliagas que eran su mejor pasto. Pero, a pesar de su furia devoradora hacia lo alto, no huía animal alguno. Tan sólo algunos conejos se escurrían delante de las llamas. De los lobos no había señal alguna. Las llamas llegaron al escalón con la cumbre y lo superaron. Los hombres hubieron de retirarse hacia los costados para no ser ellos mismos atrapados por el incendio. El fuego alcanzó la cuerda y corrió por el llano. Los hombres lo desbordaron por los lados y bajaron al encuentro de los batidores. Se juntaron en la fuente del Jabalí. Bajaban furiosos y se enfadaron aún más al ver al muchacho herido. Se sentían burlados y hasta vencidos por el lobo, y aunque no parecía que el niño fuera a sufrir mayores secuelas de aquella dentellada —la curandera de Tari a buen seguro se la sanaría con sus emplastos y pócimas—, ellos necesitaban descargar su rabia.
Esperaron en la fuente a que el fuego dejara de arder en el terreno que había arrasado, empaparon de agua sus mocasines y las perneras de sus pantalones de suave cuero para poder andar entre los rescoldos del espacio calcinado y humeante, y volvieron a subir, ahora todos juntos, hasta la boca de la paridera de la loba. Ésta los vio avanzar de nuevo y contrajo en un gesto su hocico descubriendo los caninos. Le subía el gruñido desde lo más hondo de sus entrañas y se le erizó por entero el pelaje del lomo. Pero no pudo hacer más que castañetear los dientes, impotente, y seguir esperando a que los hombres se fueran.
Pero no se marcharon. Uno, de nuevo el más delgado y enteco, volvió a tratar de penetrar en la madriguera. Se tumbó en el suelo, metió la cabeza y medio cuerpo en el cubil e intentó abrirse camino hacia su interior, utilizando la punta de su venablo para rascar la tierra e intentar ensanchar la entrada. Pero fue inútil. Topaba con aquella nariz de roca y no le quedó otro remedio que retroceder exasperado con la cara sucia y la ropa tiznada. Los lobeznos se habían retirado tras el recodo, donde el caño estrecho y profundo se agrandaba, donde habían sido paridos y donde en aquel momento, aterrorizados, se apretaban los unos contra los otros, sin emitir un solo sonido que pudiera delatarles.
Pero los hombres sabían que estaban allí. Volvieron a meter palos ahorquillados y varas flexibles que llegaron a rozarles, pero el recodo de piedra imposibilitaba que pudieran agarrarlos y arrastrarlos hacia fuera. El cazador desistió al fin y se incorporó con un gesto de rabia.
Discutieron qué hacer. Alguno propuso excavar la madriguera desde arriba, pero comprendieron que era imposible por las losas de piedra de su techo. En medio de los tizones aún humeantes, los hombres, furiosos, gesticulaban y gritaban. La loba, ansiosa e inmóvil, aguardaba.
Por fin tomaron una decisión. Cada uno marchó en una dirección. Buscaban combustible y tuvieron que ir a por él donde no lo había consumido el fuego. Trajeron aliagas, romeros secos, tomillos, retamas, arbustos, brozas y toda la paja medio seca que pudieron hallar. Dejaron las brazadas en la boca del cubil y las fueron empujando con sus lanzas y ramas hacia el interior de la madriguera, hasta dejarla bien atacada de combustible. Luego le prendieron fuego, y cuando éste se internó hacia las entrañas de la paridera, lo empujaron con los astiles de sus lanzas y lo siguieron alimentando hasta que ni ellos mismos pudieron aguantar la humareda. Se retiraron unos pasos para contemplar su obra y uno corrió presuroso encima de las rocas, donde por un respiradero se escapaba el humo, para de inmediato taponarlo con tierra. Lo hizo con saña, golpeando con el pie la tierra para no dejar ni una mínima rendija de aquel aliviadero. Los lobos tenían que morir aunque ellos no lograran capturarlos. Aunque quizás alguno aún intentara escapar y saliera.
Pero no lo hizo ninguno. Tardó la leña en consumirse y el humo en dejar de revocar y salir por la boca de la madriguera. Ellos aguardaron ceñudos y vigilantes. Pero ningún lobezno asomó ni oyeron dentro gañido alguno que confirmara un dolor y una presencia. Tan sólo el crepitar de las ascuas que poco a poco se consumían. Y fue mucho tiempo después cuando al fin se fueron, recogieron al muchacho herido de la fuente y se dispusieron a reanudar el camino a Tari.
—Los que hubiera dentro han muerto. Seguro. El fuego ha acabado con ellos —quiso regocijarse uno.
—O la loba se los había llevado a todos antes de que nosotros llegáramos y ese que le vimos sacar era el último que le quedaba —se amargó otro.
—No le ha dado tiempo. Están muertos todos allí dentro —replicó fosco el primero.
La loba los vio bajar hasta el sopié y perderse de vista faldeando. Pero aún siguió mucho rato inmóvil con la mirada fija en la entrada de su cubil, con la imagen de sus cachorros en el fondo, esperándola. Al fin, recelosa, intentó descender a su vez, pero la tierra todavía estaba muy caliente y en muchos lugares el resplandor rojizo de las ascuas vivas se mantenía. Dudó en seguir y entonces a la imagen de los cachorros en el fondo del cubil le sucedió otra más urgente, la que los hombres no habían dejado aflorar mientras permanecieron en su destruido dominio: la del cachorro más pequeño que había dejado al resguardo de la roca. La loba respondió a ella y, como agitada por una urgente llamada, emprendió rápida carrera hasta donde había depositado al lobezno.
El cachorro no se había movido. Temblaba como un azogado y gimió al ver aparecer por fin a su madre. La loba lo lamió, consolándole, y luego lo volvió a coger entre sus fauces y se puso en marcha con decisión y rapidez. Sabía muy bien su destino. Buscaba el lado contrario, la gran cárcava en la empinadísima costera del otro lado del gran llano en el alto y hacia allí dirigió su paso en un sostenido trote. Estaba lejos y le costó llegar, haciendo alguna parada para depositar al cachorro en el suelo. Pero al fin alcanzó aquella vieja tejonera que en alguna ocasión había utilizado de refugio, aunque nunca hubiera criado en ella. Se aseguró primero de que no hubiera intrusos en su interior y penetró después con su lobezno. Al fondo escarbó un poco con sus patas delanteras acondicionando mínimamente el recinto. Luego se tumbó. Los lobeznos ya comían, pero todavía no habían dejado del todo de mamarle, por lo que no tenía las tetillas secas. El lobezno no tardó, hambriento como estaba, en ir una a una extrayendo toda la leche que a su madre le quedaba. Luego, saciado, se acurrucó pegado a la loba y se quedó dormido.
La hembra salió de nuevo. Había comenzado a caer la larde. Cuando las sombras se alargaban, estuvo de nuevo en el viso del Tallar, encima de su madriguera. Y allí se echó de nuevo, en el mismo lugar desde donde había visto impotente hacer a los hombres, hasta que el crepúsculo llegó y el sol se puso tras las grandes montañas que tapaban los horizontes. Fue en aquel momento cuando, viniendo desde el río, por la cuesta de las Matillas, vio regresar al macho. Se aproximaba furtivamente, solapándose en la vegetación y aprovechándose de los reguerones. La loba lo llamó con un aullido corto al que él respondió al instante, y ya, al descubierto, vino hacia ella.
La loba le lamió la herida del costado, que ya no sangraba. Llegaron las sombras y el silencio vespertino. Desapareció el día y la oscuridad fue la dueña de los montes.
Entonces los dos lobos bajaron al cubil. Avanzando con cautela llegaron a la boca de la lobera. Ya no salía humo por ella, y tras varias huidizas intentonas, la hembra se atrevió a meter la cabeza un instante. Tan solo para sacarla a escape y dar un salto hacia atrás. Lo que le llegó del interior no le trajo olor alguno de vida. No olía allí dentro a sus cachorros: olía sólo a fuego, a hombre, a humo y a carne muerta y abrasada.
Los dos lobos se fueron al fin. Silenciosos, hurtándose entre los chaparrales. La noche comenzaba a sonar y había salido la luna. Pero los lobos no la aullaron.
El silencio
Cuando el sol oculta por fin su sangrienta agonía, cuando la luz del crepúsculo se evapora y el cielo oscurecido preludia el brillo aún inexistente de la primera estrella, cuando el día ya muere, y ha muerto, pero la noche todavía no ha nacido, es el silencio.
Se han ido callando las criaturas diurnas. Ha callado el críalo, han dejado de piar junto a la charca los pequeños pájaros, ya no viene a beber el arrendajo y hasta los mirlos han dejado de revolar vocingleros y escandalosos por los pies de los matones de encinas. Ha callado todo y la noche no quiere hacer oír sus voces de momento. Es el silencio. Es la inmovilidad, es el suave paso entre la luz que ya no descubre ni penetra las formas y los cuerpos de la tierra y la oscuridad que aún no acaba de compactar las sombras y permite atisbar los contornos.
En el río el agua se aquieta, se serena. Ni siquiera se deja mecer por el viento. Hasta los peces suben a boquear en lo manso y más tendido de la corriente sin hacer ruido alguno. Tan sólo una onda que se mueve y se diluye en su propio movimiento. Es el sereno que espera. Porque todo parece haberse quedado —tierra, aire, agua y cielo— esperando.
Luego se oirá la llamada del autillo, pero ahora, por un instante que se alarga y pareciera que no iba a romperse nunca, es el silencio y nada se mueve. Nada.
Luego rebullirá un conejo, y el tamareo del jabalí y el regaño de dos turones en celo. Tardará aún más en elevarse del suelo la sinfonía de los grillos y habrá que esperar a que el gran búho se decida a hacerse oír en el umbrío gran pino donde ha dormido a salvo de cornejas molestas, de cuervos agresivos y hasta de osadas urracas que no tienen reverencia para el señor alado de la tiniebla.
Luego habrá luces en la oscuridad. Luces en el cielo y ojos brillantes en la tierra. Habrá sonidos, roces, caminar de pezuña hendida y el quedo acecho de las garras acolchadas del felino. La noche sonará y cantará. Podrá, si hay luna, recuperar incluso formas y siluetas. Pero ahora es el silencio. Ahora se ha muerto el día y no ha empezado aún a vivir la noche.